viernes, 23 de enero de 2009

Cielo de Grana


Descripción subjetivista e irracional del infierno que puede instaurarse en la mente en momentos de delirio y cuando no ves más que fuego y sangre en tu porvenir.


[Talmannon]


Cielo de Grana



El suelo quemaba bajo sus zapatos, el calor del ambiente se le pegaba a la piel. Sus ojos veían un cielo teñido de rojo, un horizonte de sangre y una tierra de fuego. Las piedras recubiertas de hollín y humo antes negras y grises emulando la soledad, teñidas de grana se identificaban ahora con una quemazón insoportable, un Apocalipsis.
El aire no se movía, era seco y asfixiante, parecía que si te dejaras caer, el casi líquido que te rodeaba te sostendría e impediría tu inexorable caída al infierno que se habría bajo tu pies.

Era el fin del mundo. El horizonte era de color granate claro, mezclado con destellos de rojo blanquecino. Era una visión insoportable, que parecía disolverte cual ácido derramado en tus entrañas. Pero lo peor no era eso, lo peor eran ellos.

Ya no eran personas, si es que alguna vez lo fueron. Eran sombras que parecían espejismos, difusas, como si las vieras a través de un filtro acuoso que sin embargo era seco como arena del desierto. Pasaban a tu lado sin mirarte, erguidas sobre su espalda, te arrodillabas pidiendo ayuda, pero no podías hacer nada contra el destino que te habían impuesto. Caminabas encorvado, sin apenas poder sostenerte, rozando con las manos el ardiente suelo, también impregnado de bermellón.

Todos sus errores se sostenían sobre su frágil mente, errores…
Desde ellos el cielo se fue tornando carmesí, y su alma empezó a consumirse en una hoguera de ramas secas y quebradizas, con un humo espeso y negro.


Veía pasar, con los ojos caídos, los trenes a su lado. Eran bestias de hierro y carbón que le abofeteaban con un manto ardiente que procedía de su corazón. Pasaban a los lados de la vía en la que se encontraba, mirando al horizonte. Ese horizonte que estaba lejos, por encima de las fábricas y las casas de ellos. Era como sentir que te consumías…


Entonces la vía tembló. Apoyó las manos en los ardientes raíles, sintiendo moverse las piedras que casi se fundían bajo sus rodillas. Por la espalda se acercaba un tren diabólico, negro, oxidado. Los miembros del cuerpo estaban agarrotados y no podía moverlos, el calor, la soledad, la rabia, el dolor, el deseo de calcinar el mundo y arder con él habían creado cadenas más fuertes que la voluntad que podía portar a lo largo de la vida.

Las rodillas se destrozaron contra las maderas de la vía, las manos de cubrieron de sangre escarlata, que se fundió con la suciedad de las manos, volviéndose granate. El sonido del tren era insoportable, su aullido infernal perforaba el entendimiento. Pronto desistí.

No hubo más movimientos, solo una corta espera. Un golpe de calor envolvió el cuerpo moribundo.

Como una catarata que rompe sus cadenas, la onda mortal y asfixiante pulverizó lo que encontró en su camino, ya fueran raíles, piedras o almas en pena. La locomotora pasó y a su paso, polvo.

Cielo de grana, horizonte de sangre e ilusiones vanas.

Y al caer la noche, nada.

1 comentario:

  1. Como ya dije, una nueva forma de ver las cosas, esta vez utilizando como expusistes una primera persona y se ve que aún cambiando el punto de vista o la prespectiva, los relatos no bajan nunca de su calidad excepcional. Y no hablar del final...

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