martes, 16 de diciembre de 2008

Serperteando en el vacio


Serperteando en el vacio

Un mínimo sentimiento de regocijo invadía su cuerpo, pero la nostalgia era mayor, cubría como un velo amplio su cuerpo, ocultándole, bajo otra forma, bajo otra personalidad. Eso, no le impedía pensar con claridad, aun así, su mente siempre permanecía clara, pero no concisa. La influencia de infinitas personalidades, hacían en ella un ser extraño. Ella no lo sabia, no sabia quien era, solo sabía lo que era. Pero no era esa la duda que se preguntaba, otra, la brevedad y simplicidad de los días, le molestaba gravemente, quería ser algo, pero no era nada. Porque de en verdad era algo, dentro de nada. Su nombre: Alesia. La misma Alesia, en la que un imperio había iniciado, hace mucho tiempo, una revolución. La misma Alesia, que empezaba una revolución en si misma, por que, tales formas de nostalgia tienen respectivas formas de alegría, y, eran estas formas, las dos bandas de la revolución. Tampoco era solo eso, existía también una modestia lujuria, que intentaba repeler en si misma, pero que, según pasara el tiempo, aprendería a aceptar. Existía, inclusive, un sentimiento de contradicción, que era, lo que mas hacia de destacar este periodo vital del ser humano. Y, tampoco era eso, porque, otras millones, no, infinitas sensaciones recorrían su cuerpo, y es imposible, contar hasta el infinito.


Remolinos de Sombra

Publico aquí una de mis primeras historias escritas reflejando mi ánimo y lo que de verdad siento.

No es necesario decir nada más, pues todo está escrito a continuación ;) .

Espero que os guste.


[Talmannon]



Remolinos de Sombra


“A aquellos que sumergiendo su mente en esta historia ven en las palabras su propio reflejo”



Era de noche. La oscuridad lo envolvía todo. Jirones de nubes recorrían el cielo pálidamente iluminado por la luna. Las tropas enemigas se escondían temerosas entre los arbustos del campo que rodeaba al castillo.

El castillo era imponente. Su nombre era Leherderbän, nombre temido en todo el mundo conocido. Sus torres se elevaban hacia las alturas como centinelas silenciosos que todo lo ven. Pero en la oscuridad no vieron las tropas del rey Hardin. Los colores de su uniforme, gris y azul oscuro, les ayudaban a camuflarse, e impedían que los centinelas de aguda vista que estaban en las murallas y torres de Leherderbän les vieran.

El ejército de Hardin era numeroso, pero eso no era una ventaja contra aquel baluarte, capital del reino de Ceristia. Dentro del castillo, no había presentimiento de temor alguno, ¿que habrían de temer? , se preguntaban la guardia imperial que allí se alojaba, nada se respondían. Nada excepto el juramento de Hardin, juramento que le había llevado a conseguir el trono de un reino, reunir un ejército, y en estos momentos, estar atacando la mayor fortaleza del mundo conocido. Sus hombres estaban inquietos, ellos no tenían la confianza de su señor en la victoria, más bien al contrario.

Llegaron las doce. El reloj del castillo marcó esa hora como si la Muerte misma hubiera llegado a posarse en esta tierra.

Hardin, y su ejército detrás, avanzaron. Las puertas estaban abiertas, todo estaba saliendo tal como lo habían planeado. Evadieron los centinelas, siguieron, burlaron la vigilancia que quedaba, siguieron, llegaron a la ciudadela, el núcleo del castillo, siguieron, y atacaron el castillo, atacaron Leherderbän.

El ejercito enemigo no estaba preparado, no puedo resistir la carga muda de esos hombres, que con sus trajes parecían espectros, ni esquivar los mandobles de Hardin, que, con los ojos en llamas, se dirigía a los sótanos, allí espera verle. Mientras la lucha se desarrollaba fuera, Hardin iba por el laberíntico palacio, entre las suntuosas salas, los grandes estanques, a buscarle. Tenía una cuenta pendiente. La iba a saldar. El Ejército Gris estaba a punto de tomar el castillo, habían vencido la invencible resistencia de Leherderbän. Hardin le veía, casi le tenía.

Una luz les cegó. Las piedras saltaron por los aires, los muros se desmoronaron. Pero no hubo ruido. Nadie sobrevivió, excepto una persona, de uniforme gris. Hardin. En la devastada extensión de lo que antes era Leherderbän, Algo se acerco a Hardin, despacio. Hardin le miro.

Dejó caer su espada.

-Mátame, pues no he cumplido ni el trato ni el juramento- decía Hardin, con la tranquilidad de quien se sabe muerto.

- Lo haré, debería decir que con placer, además- dijo Algo con una media sonrisa.

- Solo lamento no haber podido vengarme yo - le respondió Hardin

- Evadió mi magia, sigue vivo, tal vez algún día puedas regresar y vengarte.

- Lo haré, si está en mi mano. Acabemos con esto.

- Como desees - y el espíritu de flameante aura envolvió en llamas a Hardin, este desapareció, solo quedando su collar como testimonio del fin de una edad, del principio de una historia, o quizás del fin de otra.





Un lugar indeterminado. Una dimensión desconocida. Envueltos en oscuras y tenebrosas sombras, dos conciencias hablan, o piensan, una conversación.

- Tienes que volver – dijo Zetris

- No veo la razón, estoy muy bien aquí – replicó Hardin, con el ceño fruncido. No era la primera vez que tenían esa conversación.

- Tú, entre todos nosotros, eres el único que puede volver, deberías aprovecharlo - le reprochó Zetris.

- Allí había fuerzas poderosas que me atrapaban y me hacían girar en las sombras a su antojo. Aquí soy libre, yo amo la libertad – Hardin decía todo esto con emocionada voz, pues tal como pensaba, hablaba a Zetris.

- La vida no es tan mala como tú crees, no todo allí es gris, busca algo que le dé sentido a tu vida – le ayudó Zetris.

- La vida sí es gris, las sombras te envuelven y te tapan los ojos y nublan tus sentidos, no quiero volver – respondió Hardin con un rastro de temor en su voz.

- Eres el único que puede volver, tienes cosas pendientes allí, un juramento, ¿no?

- No lo dices por el maldicho juramento, quieres que aproveche ese idilio de muerte que, paradójicamente, llamáis aquí vida – dijo Hardin con una torva sonrisa.

- Aún te quedan cosas allí, aunque no quieras, o no puedas, aceptarlo. Vuelve allí y acaba lo que empezaste, y no me refiero a juramento, ni a venganza alguna, lo sabes bien – le explicó Zetris.

- No puedo ir, de todas formas, aunque tú creas lo contrario, cadenas de sombras atrapan mi cuerpo en esta dimensión incorpórea – dijo mientras las dudas le recorrían cuan río de dolor por sus venas y atormentaban su mente.

- No eres un esclavo. Puedes ser libre aunque en tu cuerpo pesen millares de las más pesadas cadenas.

- Aún así, que carga tan pesada es la libertad – dijo con voz apagada Hardin.

- ¿Volverás allí, entonces?- preguntó esperanzado Zetris.

- Aún no he cumplido el juramento, iré, aunque con pesar de mi mente, pues no quiere someterse a lo material de nuevo. Iré.

- Me gusta esa decisión. Intenta ver el color que realmente tiene la vida. Tal vez te sea más fácil después de la muerte.

- Tal vez. Ahora vuelvo allí. Adiós. – y con estas palabras, un remolino de sombras envolvió a Hardin, a su cuerpo, o a su pensamiento, que se fue haciendo más y más tenue, hasta que en un torbellino de sombras, almas y recuerdos, Hardin desapareció.





¡Qué días tan gloriosos aquellos en los que Leherderbän se erguía poderoso sobre este mundo! ¡Qué días aquellos es los que las montañas hacían reverencias al reino de Ceristia! Qué días más antiguos y olvidados.

Hardin estaba vivo de nuevo, lo sabía. Tenía cuerpo de nuevo, cuerpo para guardar su pensamiento, para formar las leyendas de antaño.

Las nevadas montañas se elevaban al cielo como dientes de la Tierra, las nubes dibujaban destinos en el cielo.

Así veía Hardin lo que no debiera haber visto jamás de no ser por casualidad inmerecida. De donde venía, no había sentido el juramento. Ahora sí. Le reconcomía el alma. El juramento pedía venganza. Hardin tuvo que moverse. Despacio, paso a paso, caminó entre las montañas, sorteando peligros e infortunios.

Hardin sabía que estaba atrapado, su juramento a los demonios le había atrapado. Los demonios, como a todo el mundo, le habían atrapado. Y necesitaba escapar. Pero no podía.

Mientras iba absorto en tan lúgubres pensamientos el paisaje cambió, suaves colinas verdes oscuras y mares de árboles le saludaron mientras el acudía a su encuentro. El agua flotaba por doquier, formando una casi transparente neblina, que daba al lugar una magia especial, como si estuviera inmerso en corrientes de energía vibrante, que flotaba en el aire. Un aura de felicidad envolvía ese lugar de magia imposible. Música sonaba en los oídos de Hardin, como flotando en el aire límpido y transparente. Estaba en Lehindaraem.

Voces de todas partes le hablaron como una sola.

- ¿Qué buscas en este lugar fuera del tiempo?- preguntaron las voces, o quizás una sola voz. Una Voz.

- La venganza y el odio que se dan en esta dimensión me impulsan aún no necesitando impulso alguno – le respondió Hardin con voz cansada y apagada.

- ¿Venganza? Verdaderamente perteneces a los Mortales, atrapados en las garras de Ellos – dijo la Voz, apenada.

- Mi cuerpo es Mortal, pero no así mi mente, pero mis pensamientos no controlan lo que el juramento atrapó, mi voluntad aquí.

- No busques venganza, Mortal en la Inmortalidad, busca caminos opuestos – aconsejó la Voz.

- Ellos me atraparon, no puedo soltarme de sus ataduras del cuerpo Mortal, como nadie del que tenga noticia ha podido – le replicó apenado Hardin.

- Más allá de los Picos Montañosos se encuentra Socdad, un demonio – le informó la Voz- ¡Encuéntralo y líbrate de tus cadenas, como nosotros, los Lehind, nos libramos! – bramó la Voz, mientras el aire se tornaba frío y ventoso, y las nubes se arremolinaban en el cielo. Los árboles parecieron amenazadores, el agua se convirtió en hielo. Pero Hardin no se asustó, respondió.

- Corta ha sido nuestra conversación, pues tu información me hace terminarla, mas productiva ha sido de todas formas, buscaré a Socdad. Me libraré de sus cadenas. Gracias, Lehind, por dignarte a hablar por un simple Mortal como yo – y diciendo esto, Hardin prosiguió su camino, camino tortuoso, que le llevaba a un destino insoldable y oscuro para el presente.

- Sigue tu camino, busca tu Destino, mente Inmortal, pues a escapar de tu prisión destinado estás – susurró al viento el Lehind, mientras su voz y su cuerpo se difuminaban en un remolino de éter, desapareciendo como si jamás hubiera existido, y tal vez fuera así. Tal vez todo fuera imaginado, irreal, aunque en realidad existió, aunque nunca hubiera existido.





La cordillera se elevaba grandiosa hacia lo alto, como si de la morada los titanes se tratara. Una oscuridad tenebrosa lo envolvía todo bajo su oscuro manto. Retorcidos y secos árboles se alzaban como enanos a los pies de gigantes. Tras uno de esos desgraciados árboles, moribundos a causa de la desesperación que allí reinaba, Hardin se ocultaba. Espesas brumas grises le rodeaban, enroscándose en sus tobillos como serpientes ávidas de su sangre.

Hardin apenas veía más allá de sus ojos. Con cuidado infinito, empezó a subir la cordillera que delante tenía. Entre enormes rocas pasaba, rocas que parecían cernirse sobre él, intentando atraparle en sus opresivas prisiones de roca. De la tierra color óxido, se elevaban sanguinolentos torbellinos de polvo, que cegaban a Hardin.

El cielo rojizo parecía estar prendido en fuego, produciendo oscuridad. Los relámpagos cruzaban los aires como castigos de los dioses, pulverizando los que desafortunadamente se encontraba en su inamovible trayectoria.

Hardin veía un fuego, tenue luz en la oscuridad. Hacia allí se acercó. Como esperaba, allí estaba Socdad, de espaldas a él, como de espaldas a todos estaba, aunque controlándolos con el poder que los demás le otorgaban. Hardin le miró. Pensaba librarse de su dominio, ser libre. Mucho antes, en el centro de las llanuras de Ceristia, Socdad le había enviado lejos de allí, a otra dimensión. Ahora le desterraría por siempre jamás de su mente.

Concentró energía en algún punto de su mente. Su aura resplandecía como el núcleo de una estrella instantes antes de estallar y producir una Nova.

El fuego que delante de Socdad estaba, se extinguió. Furiosos y frenéticos vientos se estrellaron contra las laderas desnudas de la montaña. Hardin era Luz y Energía. Concentrándose en Socdad, reunió su energía. Un resplandeciente y dorado rayo se cernió sobre el oscuro demonio, sobre el malvado espíritu. Le envolvió en hebras de luz, mientras dorados destellos salían de la mente de Hardin. Con un doloroso resplandor, Socdad desapareció para siempre de la mente de Hardin. Sin embargo, aún pudo oír la voz, o el pensamiento del espíritu de fuego.

- Nos encontramos de nuevo, Hardin – rió Socdad.

- Sí, por última vez. Desde que empezó el tiempo para mí, he sido un esclavo de ti, Socdad. Igual a los demás que disfrutan con tu dominio.

Pero yo no soy como ellos. Soy de los pocos que han escapado a ti. Soy, por primera vez, libre. Ninguna demoníaca norma me atrapa y controla, sino que como el agua y el viento, voy donde quiero ir. Te he vencido Socdad – dijo Hardin con voz triunfal.

- En ti no tengo ya control alguno. Pero para los demás, y gracias a ellos, sigo vivo. Jamás desaparecerá mi dominio, hasta que la humanidad desaparezca. Logro para ti es tu libertad, pero no para los demás. Tus antes leales compañeros, atrapados bajo mi cruel dominio, siguen siendo míos.

Y por ser como eres y haber hecho lo que has hecho, ellos mismos se apartaran de ti. A la Soledad Eterna condenado estás, pues yo aún domino esta tierra, aunque no a ti – clamó con voz divertida Socdad. - Desaparezco de ti, pues tu fortaleza mental supera la mía, pero siempre te rodearé, aunque por mi mismo no pueda ya volver a tocarte – y diciendo esto, Socdad se alejó para siempre de Hardin. Pero estas palabras cayeron como una sentencia de muerte para Hardin, que se preguntó, si de verdad su libertad merecía tan alto precio.






Hardin emprendió el regreso, a dónde, no lo sabía, ni lo sabría jamás. Las palabras de Socdad eran ciertas y le pesaban como una losa. Los demás humanos se apartaban de él. Estaba solo. Era una sombra que vagaba silenciosa e inexistente en un mundo cruel y vertiginoso. Sentía que nada existía, que él mismo no era él sino nada. ¡Qué desesperación! ¡Qué dolor no existir en la existencia impuesta! ¡Qué cruel no ser nada!, no contar nada. Las crueles palabras del demonio se agolpaban en su mente, resonaban en sus oídos. Caía en un remolino de desesperación, de oscuridad, de sombras. Las formas desaparecían, todo se esfumaba y mezclaba en una gris pantalla giratoria. No se sentía libre, a pesar de serlo, sino enormemente oprimido. Parecía caer. Como punzones al rojo vivo le atormentaba la soledad infinita. Necesitaba algo, algo a lo que agarrarse. Algo a lo que aferrarse y dejar de caer en ese profundo abismo, del que temía no poder volver a salir. ¿Tanto valía su libertad? Necesitaba un asidero para dejar de hundirse.

Fue entonces cuando vio la Luz. La Luz iluminaba las sombras que le rodeaban. Le detenía en su caída al abismo de sombras. Pero en realidad, como los otros humanos, la Luz se alejaba de él. Hardin persiguió la Luz, la felicidad.

Las Sombras se arremolinaban en torno a él, preparadas para cuando la barrera de luz que las separaba de Hardin desapareciera.

Hardin necesitaba la Luz, algo para frenar su muerte en ese abismo al que inexorablemente se dirigía. Al fin alcanzó la Luz. Pero esta le hirió con un rayo cegador y, al no poder Hardin seguirla ni verla, la barrera se deshizo. Las Sombras se cernieron sobre él como buitres. De nuevo los remolinos, de nuevo la bruma. ¡No! No podía soportarlo más, la angustia le agarrotaba los miembros, le paralizaba. Temblores recorrían su cuerpo, sudaba de miedo. ¡No podía aguantarlo más! ¡Necesitaba escapar! ¡Escapar a la mentira circundante, al miedo, al dolor! Nada era nada, no existía nada. Tal vez no existiéramos salvo allí donde nos imaginaran. Ya no aguantaba más las sombras. ¿¡Qué poder hacer ante tal angustia!? ¡Él era LIBRE! Libre para escapar ¡Escapar de la inercia! ¡Huir lejos!, lejos de aquí, de allá, de todas partes. Escapar lejos de la mentira de la inercia, del dolor y del miedo……

Su cuerpo no soportó esa caída inexistente. Como si de una pluma, o fina nieve en invierno, el torturado cuerpo de Hardin, se derrumbó. Las sombras lo atacaron de nuevo, aullando de frustración al percibir que no había vida en ese cuerpo que atormentar, que el espíritu de ese cuerpo vagaba lejos de su alcance.





La conciencia de Hardin se elevaba a dimensiones superiores. Desprendiéndose de las Sombras ajenas, pero no de sus propias Sombras. Deseaba olvidar. Deseaba el Olvido, pues el Olvido es felicidad.

Atrás quedaba ya el sufrimiento perpetuado por una oscura venganza y por Socdad. ¿Era libre? ¿O esclavo de él mismo? Tales eran las preguntan que pasaban por su pensamiento.

Tras varias dimensiones atravesadas, llegó a la Línea. Allí estaba la frontera entre lo anterior y la Muerte, pues hacía tiempo que había dejado atrás la Vida. Allí debía elegir, Hardin odiaba las decisiones, pues deseaba tomar todos los caminos y ninguno, era difícil elegir una sola posibilidad, habiendo otras expuestas a su alcance.

¿Qué hacer? ¿Ir a la dimensión de donde había vuelto? ¿La dimensión de donde regresó? No quería tener cadenas, no quería sufrir, en ninguna dimensión.

Decidió dejar de existir en el sentido individual. Decidió el Olvido y el Saber eterno.

Expandió su espíritu y su mente en todas las direcciones, abarcándolo todo, dejando de ser él mismo, siéndolo todo a la vez. Él se difuminaba, se repartía, entre la Vida y de la Muerte, era sufrimiento y felicidad. Parte íntegra de la Luz y de la Sombra, de la calma y de la tempestad.

Y siendo Todo, era libre para ir a dónde quisiera.

Y siendo Nada era imposible imponerle cadena alguna.

Ser Todo, ser Nada. Es fue su Destino. El único destino viable y posible para alguien verdaderamente Libre. Para alguien que experimentó aquello que jamás se puedo nunca experimentar. Y dejó de ser uno solo, para ser Todo, para ser Nada. Para no pensar por si mismo, sino por otros; para no existir como uno solo, sino en todos, para no existir sino en los pensamientos ajenos, sin ser recordado, pero estando siempre allí.

Ese fue el Destino - cruel o dichoso - de Hardin, el Libre.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Presentación

En este blog, tengo la intención de ir colgando -como indico en el título- escritos, ideas, desvarios al fin y al cabo. Aquello que normalmente parece de locos.
Y quién sabe. Tal vez lo sea.

Aparte de esto, agradecer a aquel que este leyendo estas líneas.
Por supuesto agradecimientos a Pelusin, que creó el blog, y que también ( espero, claro :P) colgará cosas.
Desvarios dije. Eso es lo que hay y, quién sabe, tal vez te resulte entretenido.

[Talmannon]