miércoles, 16 de diciembre de 2009

Estrella

Aún sin el permiso de Talmannon, he decidido colgar esta maravillosa obra perteneciente a él: deleite de la ojos y de la mente.




Estrella

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
A los caminantes de la oscuridad, de la niebla y de la lluvia, ojala algún día se abriera el cielo



Estrellas. Estrellas frías, azules, blancas, lejanas e infinitas. Estrellas tintineantes fijadas en una oscuridad que transportaba al ser a dimensiones más alejadas, a dimensiones donde la realidad se difumina en jirones de luz apagada. Oscuridad sin final, iluminada de día por el fuego rugiente, devorador, iluminación artificial ideada para ocultar la realidad, esa terrible realidad, angustiosa, que encierra la locura latente en el tejido del mundo, aunque el mundo es realidad.
Esa estrella sola…separada del resto de sus distantes compañeras, que con su luz apaga la esperanza y la vida de las almas en pena que vagan sobre las oscuras aguas negras del mar del olvido y de la desesperación.

Sentía, como en un mal sueño, la consciencia en todos los lugares en los que había estado y en todos los que sólo la imaginación recreaba para deleite de la mente, placer finito y pequeño que sin duda era acallado pronto por la misma visión.
El rugir de las olas, en una noche con luna llena, varándose en la playa. ¡Oh, frescor apaciguante, único alivio del fuego del desierto…! Dunas infinitas, nubes de arena amarilla y cielo diáfano y azul. Perfección casi lograda. Pero la consciencia que persigue atravesando abismos inacabables convertía la arena en polvo rojo, el cielo de azur en un infierno de fuego y oscuridad, el horizonte en una visión distorsionada por el calor de las profundidades, del interior de uno mismo. Imágenes sin sentido, turbación predecesora de la inconsciencia, locura de la muerte…


Un grito resonó en los oídos, llevando la consciencia lejana al mundo que ellos llamaban real. La misma estrella sola y distante, la misma soledad punzante que ni el pasado ni el presente acallan. Ni el futuro, que no existe.
Solo en la inmensidad de nuevo, otra vez recayendo en el estado donde no se tiene certeza alguna de existir. Solo de nuevo, aunque quizás siempre lo había estado. Aquellos que confiaban en él eran decepcionados y aquellos en los que él veía personas importantes le defraudaban. ¿Él? ¿Por qué “él” y no “yo”? ¿Qué diferencia hay cuando estás en ninguna parte, cuando estás en ningún lugar, cuando la realidad del mundo te hunde en pozos sin fondo, en remolinos de gris donde la luz no se atreve a dejarse ver?
Multitud de sentimientos ahogaban su entrecortada respiración, mientras música de apoteosis resonaba creando el ambiente perfecto, inexistente pero perfecto. Porque él y yo son conceptos que ya no tenían sentido. Aunque la personificación del mal propio en otro llevaba al cruel regocijo humano por la desgracia de otros y al planteamiento de qué habría sido si en realidad únicamente fueran otros los que tuvieran ese mal.



De nuevo su mente tendió puentes a los recuerdos del pasado, a los rincones oscuros de la memoria, que nunca son iluminados por la luz de la razón, atormentando siempre con los errores que se cometen cuando la razón deja de actuar, lista para volver en el momento oportuno cuando nada tiene remedio y revivir la culpa.

A su memoria venían calles embarradas por el lodo que traían las aguas de los caminos de los parques vacíos. Calles encharcadas gracias a nubes grises que se conjugaban para forma el techo gris que descargaba mares de tormenta sobre las luces perdidas. Alcantarillas que escupían agua que borbotaba como si estuviera hirviendo.
Calles rodeadas de asfalto y cemento o de piedra y argamasa, pero siempre portando en la naturaleza del material ese sensación de repudio y empequeñecimiento.

Recordó haberse sentado en un banco empapado, resbaladizo por acción y efecto del agua que inundaba el aire. Haberse dejado caer y mirar el infinito, intentando fundirse con el ambiente con el entorno y desaparecer. Fue allí, en medio de la desolación, cuando un minúsculo claro se abrió en la cubierta sombría. Al principio sólo mostró una negrura aún mayor que la gama de oscuridad circundante, una lobreguez mayor aún.
Pero, por razones incomprensibles, una luz se atrevió a desafiar el mundo, a pesar de que éste parecía inamovible.
Era una estrella.


Quedó mirándola, maravillado, sorprendiéndose de que se atreviera a mostrarse allí, donde las nubes podían invadir su esencia y convertir la luz – fría, pero increíblemente hermosa – en simple humo. Pero, en realidad, ¿quién podría hacer algo a una estrella así? ¿Era acaso solo un puntito de luz extraviado en el cielo? ¿Era sólo aquello que parecía desde el pequeño planeta poblado por seres mortales?
No. No era sólo un punto de luz indefenso, era una esfera de fuego azul, mil veces – y mil y una si fuera necesario – más importante que la realidad a la que se enfrentaba. Alejada tanto del mundo mundano que este no podía tocarla. Y si la estrella perfecta se empeñaba, podía mostrar su luz azul sin que ningún impedimento lo evitara.

Aunque tal vez no por mucho tiempo pudiera hacer valer esta aparente hegemonía, pues tras unos difusos momentos, las nubes ocultaron el faro que guiaba a los marineros perdidos en las aguas de su propio interior. Y la luz se apagó, dejando las farolas como únicas iluminadoras de la noche.


Esa noche, llegó a su casa decidido a cambiar, a cambiar todo en él. Cogió una pluma blanca y empezó a reescribir su pasado y su futuro. Y así todos los días. Hasta que llegó el día, en que se dio cuenta de que la estrella era solo un sueño, prendido de la tela de araña de su propia mentira.
Ese día llegó a su casa, se sentó en el escritorio de madera frente a la ventana. Cogió la pluma. Pero ya no podía escribir. Y ese día ya todo había acabado, pues a pesar de la indecisión de lo dominaba, se encaminaba sin pausa o retorno al destino que desde siempre irremediablemente le aguardaba.



Había desprecio agudo y profundo en la mirada cuando los iris impenetrables de color indefinido se posaban sobre el cuchillo de plata que había sido forjado tiempo atrás, en las tierras de más allá. Ese cuchillo que debería decidir su destino, pero se él revelaba contra ello, contra su existencia sin sentido y contra su fin irrevocable.
El primer impulso, la primera reacción, fue coger el cuchillo, levantarlo y lanzarlo contra el suelo rompiendo con el pasado y lo que éste conllevaba. Lanzarlo contra la piedra yerma y gris, dejando que se rompiera en mil fragmentos que no se unieran nunca más. Destrozarlo hasta que sólo quedara el mango de acero con el que romper su mente y personalidad para ser nada más que un pobre feliz, sumergido en las corrientes de una irrealidad que controla la realidad, controlando todo mediante sueños que se convierten en pesadillas.


Pero no tomó ese camino. Simplemente - en apariencia únicamente, pues qué hay más difícil que la lucha con uno mismo – apretó la mano hasta que se puso pálida y azulada, absorbiendo en la piel los rayos de la luna menguante que se dejaba colgar del firmamento, de esos rayos que pasaban a través de una niebla negra que los volvía tétricos, transformando su esencia a una bruma espectral.
Durante unos momentos fue una rabia ciega y voraz la que dominó su pensamiento, provocada por la imposibilidad de retornar, de transformar el pasado que le dominaba. Sin embargo, pronto fue destituida de su trono de dominio para ocupar el asiento real el abatimiento.
Giró la cabeza hacia la derecha, al mar negro, iluminado por la tenue luna en forma de irónica sonrisa. El océano que sostenía la última estrella. En sus ojos había una tristeza honda y arraigada. Miró con avidez el horizonte que se erigía como soporte de la bóveda celeste.


Se levantó. Ando despacio, sintiendo la vibración que se producía en sus oídos, marcando el ritmo de una marcha de procesión mientras su corazón se acompasaba a los tambores fúnebres, tambores del destino redoblando. Llegó al acantilado. Se asomó al abismo. Un pequeño camino de piedras punzantes llevaba hacia la costa colindante con el mar. Se arrastró hacia el sendero. Tropezaba. Sangraba su piel, cubierta de arañazos. La arena. El mar. Caía al suelo, pero llegaba. Océano. Sumergiéndose en él.

Prosiguió hasta el horizonte, hasta que sus pies no tocaron fondo y el lecho marino se perdió más allá de la mirada. Aún la reticencia a su camino le llevaba a agitarse intentando su subconsciente subir a la superficie. Pero venció él, se impuso su voluntad. Aunque quizás no fue él el vencedor, pues quizás fueran los demás. Quién sabe quién ganó en esa guerra interminable.


El agua negra pero maravillosamente líquida le cubrió como la tapa de un ataúd. El cuchillo cayó de sus manos a las profundidades insoldables de lo desconocido, extinguiéndose su brillo según la luz de la luna le abandonaba a su suerte. La luna desapareció ocultada por las omnipresentes nubes. La tranquilidad le anegó el alma. Abrió por última vez los ojos, hundiéndose, él también, en el abismo del fin. Se apagó en sus ojos el brillo de la estrella que había acompañado su caída al vacío, y la estrella misma se fue difuminando, desapareciendo la luz azul.


La última estrella, apagándose su luz. El final del último guía. Extinción del eterno vigía, fin de la vida.

Última estrella.

Alma perdida.





¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.